Colombianismo

Hace días, mientras distraídamente miraba en mi página de Facebook a gente que, según sus fotos, es muchísimo más feliz que yo, me percaté de una verdad que pareciese haber estado esperándome desde hace años en algún rincón de mi mente pero que no había podido articular.

Sucedió cuando, una vez más, veía en los estados de mis amigos de Facebook (que no se deben confundir con mis amigos reales) acalorados debates sobre la realidad de nuestra nación. Debates en donde se denotaba un patriotismo exacerbado que en ocasiones parecía ignorar cualquier lógica o razón. ¿Dónde había visto ese tipo de comportamiento antes? ¿Por qué se me hacía tan familiar ese fanatismo ciego que acallaba cualquier réplica con argumentos banales e improvisados, carentes de raciocinio? Luego la verdad me golpeó, como un éxtasis divino (hablo del religioso, no de las pepas): Ser colombiano es más una religión que una nacionalidad.

Piénsenlo. Si lo que distingue a la religión es la creencia en cosas absurdas entonces ¿qué diferencia hay entre creer en Jehová, Vishnu o Zeus y el proceso de paz o una “Bogotá Humana”? Y si Mohamed era un pastor analfabeta ¿cuántos de esos no hay hoy en el congreso? Pfff…¡aquí solo se le puede tener fe a la selección!

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(“Thor supuestamente mataba gigantes de hielo, Petro supuestamente era un alcalde. Le creo más a Thor”.)

Además, aquí también tenemos nuestro panteón de dioses que obran de formas misteriosas e incomprensibles para nosotros pero que inciden en absolutamente todos los aspectos de nuestras vidas, desde la televisión que vemos, los bancos y medios de transporte que usamos y hasta el agua que tomamos. Obviamente estos dioses no viven en este lugar lleno de mortales como nosotros, claro que no. Para ellos está el Asgard europeo, o cuando mínimo el Olimpo neoyorkino de Central Park West.

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(“Y luego los dioses nos dieron la cerveza, la televisión, y un equipo de fútbol que ya no gana ninguna competencia internacional.”).

No seríamos una religión si no gozásemos de ritos sagrados autóctonos como ir a una película de Dago el 25 de diciembre, darnos en la jeta en una fiesta de 15 y motelear cuando pagan la quincena. Incluso tenemos nuestra propia y distintiva agua ardiente bendita que nos saca los demonios aunque a veces la consumamos en compañía de verdaderas diablas.

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(“Alabado sea el Blanco del Valle…amén”).

Iba a ir tan lejos como para decir que nuestras exquisitas “vedettes” de la farándula televisiva bien podrían ser nuestras diosas, santas o heroínas; pero luego recordé que en la mayoría de los mitos religiosos estas tienden a ser vírgenes así que ni modo.

Pero lo que SÍ tenemos es un “dios padre” que, por lo menos durante ocho años, fue casi todopoderoso. No voy a decir explícitamente quién es, solo les voy a dejar la evidencia por si no me creen.

Primero, como dios, tiene algo de todos nosotros pues de cierta forma es el arriero protocolombiano por excelencia. Segundo, la gente se polariza entre los que lo adoran ciegamente y los que ya no creen en él. Tercero, dejó a un hijo, al que ha abandonado para que la gente lo crucifique a punta de críticas luego de que este no cuidara de sus “tres huevos” (sí, es un dios cuyo súper poder es poner huevos, cual gallina); y por último, como buena deidad, es la causa de alegría de muchos aunque en su nombre se hayan llevado a cabo terribles atrocidades. ¿Ya adivinaron?

¡Bah! Por lo menos en la religión las serpientes parlantes se limitaban a tentarnos con manzanas, en cambio aquí pueden llegar hasta la presidencia.

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