El peor cuento de todos los tiempos

ggiugiu

Bueno, como hoy me tocó trabajar hasta tarde, les dejo una entrada de mi blog anterior (con uno que otro chiste “actualizado”) para los que no la hayan leído…dice así:

¿Alguna vez se han puesto a leer algo que escribieron en el pasado únicamente para darse cuenta de que eran unos estúpidos? Pues bueno, me ocurrió hoy. Admito que, como muchos literatos que escriben cuentos y cosas por el estilo, casi nunca estoy ciento por ciento contento con el resultado final (sin importar cuantas veces mi novia y mi mamá me digan que es lo mejor que hayan leído). Sin embargo, habiendo conocido personas para las que escribir resulta un ejercicio verdaderamente masoquista, creí siempre haber estado en el porcentaje de escritores incipientes que, por lo menos, no se avergonzaban completamente de sus obras.

Hasta hoy.

Sucede que hoy me ha dado por empezar a pasar a digital los no pocos manuscritos que he elaborado a través de varios años. Esta empresa, nacida de el peor de los desparches, se suponía iba a servirme para #1: evidenciar una especie de “crecimiento” en mi escritura y #2: asegurar la subsistencia los dichosos manuscritos en el tiempo. Grave error, pues encontré un cuento tan malo que tuve detenerme de inmediato. No solo es deprimente ver lo mal que escribía en aquel momento (los trillados símiles, las analogías seudo intelectualoides, las frases de cajón y los intentos de poesía) sino que, comparándolo con mi nivel actual, puedo decir con seguridad que un organismo unicelular de la etapa mesozoica es capaz de evolucionar con mayor rapidez.

Esto inmediatamente me llevó a debatir mi segunda intención, pues ¿quién querría preservar semejante estupidez? Sería como congelar el cerebro de Kim Kardashian. El salvar aquel documento únicamente me garantizaría pasar a la posteridad como un soquete sin talento, un sentimiento que seguramente le roba el sueño a Ricardo Arjona.

Estarán pensando: “vamos, no puede ser tan grave, es decir, vos sos malo pero esto suena exagerado. Digo, ni que fuera un crimen de lesa humanidad”.

Ah, queridos lectores, no subestimen mi capacidad para estropear una idea. El día de mañana la historia dirá que después de Garavito y el asesinato a Jaime Garzón, este cuento fue el crimen más infame perpetrado por un colombiano.

Solo para darles un pequeño resumen del fatídico relato, este constaba de la narración epistolar de un joven que se obsesiona con una chica aparentemente ideal (hasta ahí, normal). El caso es que la fijación con la joven se empieza a manifestar través de sueños en donde el protagonista ve a la chica comportándose como la antítesis de su ser real (si en vida real es tierna, en sus sueños es una golfa, etc.) para luego tomar una especie de giro surreal picado a borgiano cuando la chica real y la chica de los sueños comenzaran a intercambiar roles, con la intención de dejar de sensación onírica en donde ni el protagonista ni el lector saben qué es real y qué no.

Suena decente, ¿verdad? Pues les aseguro que la ejecución de la idea tuvo resultados tan nefastos que solo son comparables con el monstruo de Frankenstein o con “Cumbia Ninja”. El cuento resultó ser tan malo que estoy casi seguro de que cualquier persona perdería inmediatamente diez puntos de coeficiente intelectual solo por leerlo. Si Gustavo Bolívar, Pit Bull y Snookie escribieran un cuento a seis manos y luego le cagaran encima, no alcanzaría a apestar tanto como el cuento que yo escribí, pues es aún más idiota que el “ublime” de Shakira y un tweet de Jayden Smith combinados. Una verdadera pièce de résistance de la mala literatura, el “David” de Miguel Ángel de la mediocridad…sencillamente el peor cuento de todos los tiempos.

Ante semejante descalabro se me ocurría solo una posible salida: cortarme ambas manos y emprender un largo viaje hasta Katmandú, en donde me encerraría en la habitación de alguna menesterosa granja por el resto de mis días, acompañado únicamente por la vergüenza de ser un pésimo escritor y un monje nepalés que me daría tres raciones de arroz diarias. Sin embargo, luego de revisar cuanto costaría un viaje hasta la capital de Nepal tuve que reconsiderar mis opciones (¡maldito seas, Avianca!) y ahí fue cuando me di cuenta de algo que muchos saben, pero que a veces se nos olvida.

Tal vez a ustedes, como a mi, les haya ocurrido algo que los ha hecho sentir como unos perdedores; algo que los hace preguntarse si en realidad están haciendo lo que deberían estar haciendo. Quizá los hayan despedido de un trabajo, se hayan rajado en un examen o se hayan comido un penal en algún partido importante y ahí les llega aquella sensación de “soy un pene, me rindo”. Pues estoy aquí para decirte, amigo fracasado, que no te rindas. No te rindas, en especial si estás haciendo lo que te apasiona… aunque puede que sí seas un pene.

Nadie puede decirnos cuando parar de hacer algo salvo nosotros mismos. La opinión de los demás aunque puede ser acertada es, a fin de cuentas, irrelevante pues está nosotros el poder de cagarla, sacudirnos y seguir. ¿Qué importa que haya escrito algo que haría suicidar a Virgina Woolf (de nuevo)? ¡Pues que se revuelque Twain en su tumba porque no voy a dejar de escribir ni cuentos, ni ensayos, ni cómics, ni guiones, ni nada! Escribir es mi vida y lo seguiré haciendo así signifique aguantar el incesante vapuleo de mamertos literatos, “guionistas profesionales” y vírgenes de treinta y tantos años que aún viven con sus padres y que se saben Batman de memoria. No voy a parar, así que chúpenme las bolas.

Y para vos, que a lo mejor también te sentís como un estúpido de vez en cuando. ¡Seguí adelante, tarado! Que el mundo está lleno de historias de gente sin talento que alcanzó el éxito. Seguí adelante, en especial si lo tuyo es escribir. Porque ¿qué tan malo podes ser si el peor cuento de todos los tiempos ya lo escribí yo?

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