El por qué me gusta el fútbol

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Era la final de la copa del rey y por cosas del destino, Dios, quien sin duda también es amante del fútbol, había hecho posible que esta final tuviese el valor agregado de ser a la vez superclásico Real Madrid vs Barcelona. Por pura casualidad, mientras miraba lo que los argentinos llaman “la previa” del encuentro andaba chateando con una amiga estadounidense sobre el maravilloso partido que me esperaba. Le traté de comunicar mi entusiasmo explicándole que el clásico español es uno de los eventos deportivos más importantes del planeta, pero esto no parecía importarle demasiado, lo cual se me hizo extraño pues ella es uno de esos raros especímenes femeninos que sinceramente aman los deportes. Refunfuñando, señalé que me parecía el colmo su apatía para con este magno evento, que era mucho más reconocido a nivel mundial que cualquier partido de los “playoffs” de baloncesto y que no tenía nada que envidiarle al Super Bowl. Le adjudiqué su actitud laxa a una falta de comprensión de mi amado deporte combinada con su déficit de atención de gringa que no le permite concentrarse en ninguna cosa que no tenga explosiones o anotaciones cada minuto y medio. Creí que era por su condición de gringa que jamás conocería de placer cuasi orgásmico de gritar un gol en tiempo de reposición de un partido importante. “Tiene que ser eso” me dije, pues no podía ser culpa del fútbol… ¿o sí?

Por más que el partido fue uno de ida y vuelta, que estuvo lleno de opciones de gol y que incluso contó con el dramático gol de Cristiano Ronaldo en tiempo extra, no podía dejar de pensar en que tal vez, de cierta manera, mi amiga tuviese algo de razón. Así que tras un largo reflexionar, me propuse a medir, de la manera más objetiva posible, los pros y contras del fútbol como deporte de espectadores para poder llegar a la verdadera razón por la cual me cautiva tanto. Siempre pensé que era el deporte que más se acercaba a la perfección; no fue sino hasta que me puse a pensar en las idiosincrasias que hacen del fútbol lo que es (y que los hinchas aceptamos irrefutablemente) que vi que posiblemente me había apresurado a poner al fútbol en semejante pedestal.

Antes que nada hay que afrontar una cosa, cualquier deporte en donde después de 90 minutos el partido pueda terminar en empate a cero no es un deporte pensando en pro de la diversión del espectador (lloren y pataleen, pero ES ASÍ).

(Los comentaristas hacen lo posible, pero a veces ni esto ayuda)

Veámoslo de una manera estrictamente lógica: Si el objetivo de ver un partido de baloncesto es ver canastas, el de una pelea de boxeo ver golpes y el del beisbol es ver carreras, entonces el objetivo de ver un partido de fútbol es ver goles (ojalá del equipo de uno). ¿No están de acuerdo? Bueno, ¿cuándo fue la última vez que ansiaron ver un partido que terminara cero a cero? ¿Alguna vez escucharon a alguien en el estadio decir “¡uy tengo unas ganas de que la pelota pegue en el palo!”? No, jamás en la vida. Sin embargo en el fútbol ABUNDAN los soporíferos empates a cero, es más, en las ligas hasta les otorgan un punto por empatar. ¡Eso sí que es ser permisivo con la mediocridad! Es como el punto que te dan en los parciales solo por poner tu nombre.

Y es que el fútbol no solo es permisivo con la mediocridad de los que juegan mal, oh no, no, no; el fútbol también le alcahuetea a los tramposos todas sus artimañas. ¿Cuantos partidos no se han “ganado” porque algún pícaro se inventó un penal que el arbitro se comió? ¿En qué otro deporte podría existir algo como “la mano de Dios”? Sé que muchos estarán pensando lo irónico que debe estar sonando esto considerando que soy hincha del América de Cali, pero de verdad, ¿hasta cuando vamos a tolerar que se le arrebate la victoria a los que la merecen?

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(Neymar ha tenido mejores actuaciones en la cancha que Jaider Villa en toda su carrera de actor.)

Pero no, los hinchas del fútbol nos hacemos los locos cuando vemos este tipo de situaciones. “Así es el fútbol, qué se le puede hacer” decimos resignados. Tanto amamos a ese deporte que hasta le inventamos excusas para sus indiscreciones: “¡Revertir un error del árbitro sería quitarle un aspecto clave al deporte!”, vociferamos. Esta es nuestra actitud ante penaltis inventados, manos inexistentes y goles en clara posición adelantada, nos volvemos como una de las señoras que salen en Laura en América. No importa cuantas veces nos muestren que nos jodieron, cuando vemos el video solo sabemos arrugar los hombros, bajar la cabeza y decir “¡es que yo lo amo señorita Laura!

Pero con todo y esto, es el deporte con el mayor número de seguidores en el planeta. ¿Por qué? Porque es un deporte hermoso. Tan hermoso es que no necesita de pirotecnia ni demás fastuosidades. De hecho es de los pocos deportes en donde las porristas pueden ser horribles, que igual nadie les para bolas. Es capaz de suscitar pasiones desenfrenadas. Miles y miles de personas asisten regularmente al estadio o se reúnen alrededor de un televisor semana tras semana para ver lo que posiblemente podría resultar en unos noventa minutos aburridísimos con la esperanza de que aparezca esa sensación que los hace levantarse de sus puestos y gritar, esa sensación que solo puede ser descrita como “gol”. Los que la han sentido saben de qué hablo, los que no, vayan al estadio o a un bar bien lleno durante un partido de fútbol y verán. La reconocerán cuando griten hasta que crean que se les va a colapsar un pulmón. Eso solo lo puede lograr el fútbol.

El básquet podrá crear leyendas como Jordan, el boxeo líderes cívicos como Alí, pero solo el fútbol crea dioses como Maradona. El fútbol es la electricidad del aire momentos antes del pitazo inicial; El fútbol es el escorpión de Higuita, la comba de un tiro de Beckham, es Messi desechando rivales a toda velocidad mientras el hincha del otro equipo grita “¡QUE ALGUIEN QUIEBRE A ESE HIJUEPUTA!”; es el casi gol de Pelé, el debut de Casillas en plena final de Champions, y el golazo de volea de Zidane el poeta. El fútbol es tradición, pasión y religión, y es más grande que vos, que yo, y que los veintidós que lo juegan en la cancha.

Pero ¿de dónde provenía MI afición por un deporte que, justificadamente, podría ser considerado como aburrido, injusto y hermoso a la vez? Tal vez la respuesta sea, simple y llanamente, porque tuve la suerte de nacer en uno de esos muchos países que saben apreciarlo. A lo mejor si hubiese nacido en Pakistán, amaría el críquet por la misma razón. Pero como no nací en Pakistán, lo mío es el fútbol. Quizás sea el hecho de que lo llevo en la sangre lo que me atrajo al fútbol en un principio, pero lo que hizo que lo amara son las mismas razones por las cuales lo podría odiar: El fútbol es un deporte que se parece mucho a la vida. No siempre es justo, todo puede cambiar en segundos y de nada sirve llorar y patalear por algo que el árbitro ya pitó; pero de vez en cuando te entrega momentos que son pura magia y que hacen que todo haya valido la pena.

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