El “náufrago”

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A quien pueda interesar,

Aprovecho estos cuarenta y cinco minutos de sobriedad para hacer un llamado de auxilio de parte de alguien que ya ha tenido suficientes vacaciones.

Al principio todo era risas y alegría, como la cabalgata de la feria de Cali. Pero poco a poco mis vacaciones comenzaron a degenerarse hasta convertirse en una orgía de alcohol, grasa y el inminente peligro de morir… como la cabalgata de la feria de Cali.

Debí saber, cuando en una calle aledaña al “salsódromo” vi un juego de azar que involucraba un cuy , que estas anheladas (y extensas) festividades decembrinas habrían de llevarme a extraños lugares que sacarían a relucir oscuros aspectos de mi ser. Partes de mi que creí haber dejado atrás. Partes de mi que no son capaces de rechazar un trago y que creen que echar espuma en lugares públicos es tan socialmente aceptable como un blue jean sin bolsillos. Lamentablemente me di cuenta demasiado tarde de que me programé demasiadas vacaciones, pues el exilio vacacional me ha convertido en una persona que ya difícilmente reconozco cuando me miro al espejo.

Mis condiciones de vida son deplorables. Llevo más de dos semanas y media sin probar bocado saludable porque algo sobre “estar de vacaciones” físicamente no me permite comer nada que no sea de la parte superior de la pirámide alimenticia. Día tras día me lleno el gaznate con tanta chatarra que mis triglicéridos suben más que la edad para pensionarse, y a este paso estoy seguro de que pronto tendrán que asearme desde mi cama con mangueras, poleas y trapeadores, mientras hago ruidos de ballena encallada.

Por si mi pobre alimentación fuera poco, también está el hecho de que no logro conciliar el sueño. En algún momento entre el 25 y el 30 de diciembre mi cuerpo entendió que era completamente normal quedarse de rumba hasta las diez de la mañana y ahora, por costumbre, no puedo dormir sin empacarme por lo menos media de guaro. O tal vez sí pueda, pero el cruel destino y unas nefastas amistades no me han dejado intentarlo aún.

Si ven al internet, díganle que lo extraño. Mucho. Aquí, en Pangea (o “la casa de mis padres”) “internet veloz” es un concepto extraño y espantoso. Traté de mejorar la velocidad del internet pero solo logré suscitar la ira de mis padres, que enfurecidos por mi violación al santo y misterioso monolito conocido como “router”, me persiguieron con antorchas gritando “¡hereje!”. Por fortuna logré enceguecerlos con la lucecita de mi iphone, instrumento que los lleno de pavor.Así pues, me aferro en lo posible a mi sanidad mientras trato de recordar cuando fue la última vez que vi un video de un gato haciendo algo gracioso y me debato sobre si padecer el terrible desespero que significa tener que esperar nueve horas para ver un video porno de cinco minutos.

A veces pienso en la gente que está en summerland y los envidio, no necesariamente por el parche sino porque están tan drogados que no sienten el tiempo pasar. En cambio aquí el tiempo no solo me pasa sino que me pesa. Comienza ralentizándose poco a poco hasta que casi termina deteniéndose por completo. De razón siempre que venía aquí se me hacía que el resto de mi familia quedaba congelada en una especie de suspensión inanimada (o “alpin pause” si se quiere) que solo acababa a mi regreso. Ahora todo tiene sentido.

Naturalmente, una vez que empecé a ver los síntomas del prologado letargo que significa estar viviendo el “38 de diciembre” traté de cambiar mi pasaje para regresar antes a mi vida normal, pero sin duda el haber injuriado a Avianca en una anterior entrada de blog despertó en mi contra la ira de los temibles dioses aeroportuarios, que con altísimas tarifas y penalidades logran desviar mi camino a Ítaca.

Estoy seguro de que, gracias a los efectos del aguardiente, pronto ya no recordaré una vida anterior a la que llevo aquí; así que ruego a quien se tope con el mensaje dentro de esta botella de Aguardiente Blanco del Valle que contacte a mis compañeros de trabajo y demás seres queridos en la capital para dar inicio a una operación que me rescate de mi mismo y me lleve (a rastras pero por mi bien) a la ciudad capital de la cual tanto deseaba escapar en noviembre.

Mi único temor es que cuando regrese, si regreso, volveré cambiado… más gordo, obviamente, pero cambiado por dentro también. Pues estas vacaciones me han demostrado algo que siempre temí fuese cierto en cuanto a mi persona: que soy un maldito hedonista haragán de dos pesos. Que Dios se apiade de lo que queda de mi alma, que no será mucho después de semejante feria.

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